Publicado en el numero 115 de la revista inrockuptibles

Marzo 2011

 

De la Kaaba se dice que flotó mil años sobre las aguas que cubrían la Tierra antes de que los continentes emergieran desde las profundidades. La primera vez que el cubo errante tocó el suelo fue la única: se estacionó en La Meca y ahí sigue hasta el día de hoy. Una piedra negra descansa engarzada sobre uno de los muros laterales de la Kaaba y es un objeto de devoción intensa para el mundo musulmán.

Mateo Amaral Junco crea su propia mitología sensorial que se alza siempre en torno a un único programa monolítico: su “largometraje de ciencia ficción abstracta” titulado, casualmente, Una piedra negra. Una idea masiva que lleva ocho años de expansión ininterrumpida, cuyos capítulos se exhiben ocasionalmente a modo de entregas y que genera su propio pozo gravitatorio al que el resto de las producciones del artista (dibujos, pinturas y arreglos sonoros condenados al satelitismo) van a parar. Una historia espacial de amor y confusión a la vera de un asteroide negro que, como un backup enigmático, almacena todo aquello que ocupó alguna vez un lugar en el Universo.

Miembro fundador del colectivo Oligatega Numeric -hoy en estado de hibernación-, Amaral Junco es un operador polifuncional con la pretensión de levantar una estética nodriza que rija por sobre todos los aspectos de su obra. Él mismo anima, actúa, dirige y compone la música de su gran película; el resultado, obviamente, es de unidad elemental total. Coordina además un rico juego de referencias visuales, sónicas y narrativas que van desde Eric Chahi y su magnum opus del polígono ensamblado, Another World, hasta las grabaciones sonoras de campo, pasando por el canon cyberpunk y por una consagración casi doctrinaria al glitch que deja en evidencia un entendimiento profundo sobre las herramientas con las que trabaja. En tiempos de confusión, la galería Foster Catena elige defender el videoarte y lo hace con estilo, de la mano de uno de los proyectos más personales y ambiciosos que dio el género en nuestro país.

 

 

 

 

The Kaaba is said to have floated a thousand years on the waters that covered the Earth before the continents emerged from the depths. The first time the wandering cube touched the ground was the only one: it was parked in Mecca and it continues to this day. A black stone rests on one of the side walls of the Kaaba and is an object of intense devotion to the Muslim world.

Mateo Amaral Junco creates his own sensorial mythology that always revolves around a single monolithic program: his "abstract science fiction feature film" titled, incidentally, A black stone. A massive idea that takes eight years of uninterrupted expansion, whose chapters are exhibited occasionally as delivery and that generates its own gravitational well to which the rest of the artist's productions (drawings, paintings and sound arrangements condemned to satelitism) end up . A spatial story of love and confusion on the verge of a black asteroid that, like an enigmatic backup, stores everything that once occupied a place in the Universe.

A founding member of the Oligatega Numeric collective -now in a state of hibernation-, Amaral Junco is a multifunctional operator with the aim of raising a nurse aesthetic that governs all aspects of his work. He himself animates, acts, directs and composes the music of his great film; the result, obviously, is total elementary unit. It also coordinates a rich game of visual, sonic and narrative references that go from Eric Chahi and his magnum opus of the assembled polygon, Another World, to the sound recordings of the field, going through the cyberpunk canon and to an almost doctrinaire consecration to the glitch that leaves in evidence a deep understanding about the tools with which he works. In times of confusion, the Foster Catena gallery chooses to defend video art and does so with style, hand in hand with one of the most personal and ambitious projects that the genre gave in our country.