Nota de Juliana Gontijo, publicada en el site Ramona sobre la muestra “Simplificar el pantano”, 2015


El mundo no conoce límites: ni en el tiempo, ni en el espacio; ni de cantidad o cualidad de materia o información. Y, sin embargo, conforme a los dictámenes de Kant y de la filosofía moderna, estaríamos presos y condenados a solo conocer aquello que es intermediado por la experiencia sensible y procesada por la estructura de la mente humana, sin nunca atrevernos a ir más allá. Así, lo que entendemos como realidad empieza por una limitación, pero ¿qué define lo que toma forma y se torna lenguaje, y lo que no obtiene lectura y es descartado como ruido? En ese proceso, la neurociencia considera el cerebro como similar
a un programa computacional, imbuido de una serie de comandos pre-grabados a los cuales adicionamos nuestra experiencia. Su principal función: simplificar el pantano del mundo, ese caudal de materia e información que se replica sin control, excluir los dados recibidos en exceso y, a partir de ahí, elaborar un modelo estable que vendríamos a llamar realidad.



Simplificar el pantano, muestra individual de Mateo Amaral en el Espacio Pla, no intenta apenas traducir visualmente esas interrogantes. La serie de videos, música e imágenes estáticas en transparencias backlight -extractos de Una piedra negra, largometraje de animación de Amaral en proceso desde 2003- aspira desplazar al que ahí ingresa hacia un estadio de profusión de materia lumínica, simulando una situación pre-código y su gradual modelaje.

La inmersión es inevitable. A medida que el ruido electrónico, con su cadencia ritual, toma el espacio acústico de la sala, empiezo a descifrar las conexiones entre formas, vibraciones y movimientos de psicodelia glitch; playas de color sólido, reverberaciones electrónicas y signos abstractos que bailan en las pequeñas telas de plasma. Absortos, otros iniciados se encuentran allí estáticos, como si enfrentasen la necesidad urgente de descifrar un enigma tan abrumadoramente caótico como provisto de una estética lúdica y gozosa.

Aquí la imagen del pantano se repite, sincronizada en dos videos: en el primero, la totalidad visual; la cantidad de información es tan densa que sugiere un mándala psicodélica. En el segundo, la versión simplificada y distinguible de la animación digital que recrea la travesía de un pantano. Más allá, tres videos con formas no identificables, crípticas como códigos de una entidad no terrenal, que pulsan al ritmo de la música ambiente y parecen conducir, de alguna extraña manera, la cadencia de las imágenes que eclosionan en los otros videos que
componen la muestra. Pantano, códigos, bits, información. De pronto, todo adquiere materialidad orgánica y abstracción virtual. Una especulación sensorial que deshace los
límites entre lo místico, lo científico, la mimesis, la abstracción, lo ficcional y lo experimentado para penetrar en lo devenir posible. Disecando el proceso de codificación en varias etapas, el trabajo de Amaral funciona como ejercicios de percepción para simular un acceso a otro nivel de consciencia del mundo, y quizás alterar la codificación inicial ya no con rituales chamánicos o drogas alucinógenas, como incentivaba Timothy Leary en los idos y soñados años 1960, sino a través del simulacro digital del ciberespacio. Llamemos eso de tecnochamanismo de la cibernoosfera. Creo que Kant no se lo esperaba.